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High Abadía Rock & Roll Volumen One
02-03-2009
Por extrañas razones, que no me voy a detener a explicar, un servidor estuvo internado en un cutre colegio de curas. Con 14 añitos, pasé mi último año con los pastores de ovejas estabuladas.
A mi ya me había picado el alacrán del rock unos años atrás y como podéis entender, el convento no era Glastombury ni sus prelados Keith Richard.
Para evitar que pensásemos o que nos la pelásemos cual chimpancé, nos mantenían continuamente ocupados: que si en clase, que si rezando, estudiando, rezando otra vez, un poco de lobotomía por allá, haciendo deporte y trabajando. Currar se curraba como en la Guayana. Entre las múltiples tareas que tuve que realizar se encontraba limpiar la planta donde se alojaban los sacerdotes.
Una mañana de sábado, tirando su mierda al crematorio, me encuentro un pequeño papel en el que, con una graciosa tipografía, se podía leer "Los Jubilados".
-"Coño-pensé yo-como el disco que acaba de sacar la Polla Records"
Cogí el papel y para mi sorpresa era el catálogo musical del sello discográfico Oihuka, y sí, se hablaba del nuevo de La Polla Records. Extrañado por completo me guardo el folleto no sin antes percatarme que venía a mi nombre. Sí, habían violado mi correo (nada comparado con otras violaciones de la intimidad que más tarde fueron denunciadas en dicho colegio por algunos chavales). Uno, que es como es, pues no vio problema en pedir al sello que le enviaran el catálogo allí. Cosa lógica y normal porque era donde vivía. De ahí en adelante, mes a mes, iba a recoger mi correo musical a la basura. A pesar de ser 4 hojas pochas, las leía y releía una y otra vez apuntando qué disco me podía comprar.
Un buen día, después de una de esas chácharas que recibíamos y que nadie entendía sobre desengrasantes 3 en 1 y lo malo que era todo fuera, un cura nuevo se dirigió a mi me dijo
-"Kanuto-fue la primera persona que me llamó así-a mi despacho".
A ver que cojones he hecho yo ahora, pensaba. Una vez allí me entregó el catálogo de ese mes en mano y me dijo-"Toma. No le digas a nadie que te los doy".
No me acuerdo de su nombre, sólo de su calva y sus gigantescas gafotas, pero aquello fue de agradecer. ¿Rockeaba esa sotana o simplemente fue un acto de lógica dignidad humana? A saber. El rock en el convento seguía siendo cosa del diablo, pero ya no hacía falta meter la mano en la mierda para conseguir lo que me pertenecía y que me alimentaba más el espíritu que todos los kilos de ostias que me comí allí.
La semana que viene más, que las hay brutales.