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Festivalitis aguda
30-03-2009
¡Ay la crisis! la crisis que también llega a los festivales. Y es que lo de los últimos años era un sin dios de no te menees. Miles de festivales por toda la geografía española, (clónicos unos, otros que te dejan una sensación mortal de Deja Vú) en muchos casos sin saber por qué, era algo que tenía que reventar. Y es que España se ha convertido en el gran chollo llegándose a pagar cachés absurdos, incluso hasta 5 veces más que en otros países, convirtiéndonos en el Japón de occidente. Si un festival no es rentable en sí mismo cuando vende 60.000 entradas a más de 100 pavos es que no estamos buenos de la olla. Ya van apareciendo los primeros cadáveres, eso sí, achacados a la crisis, cuando la verdadera razón de su muerte es una gestión nefasta.
Macrofaraónicos amontonamientos de bandas sin sentido. No hay más. Inocentemente me pregunto ¿Qué coño hace un grupo tocando a las 12 de la mañana o 30 grupos en un mismo día. ¿Realmente son necesarias 60 o 70 bandas en un festival o es una especie de apuesta para que toquen en él todos los grupos con nombre de enfermedad venérea que hay en el país? ¿Favorece eso a la música? Claro que no, ya que más del 50 % de los grupos son meros nombres de relleno en un cartel. Suponer que a mayor número de grupos mayor calidad es una necedad. Y ya no hablemos de los batiburrillos sin sentido que se han podido contemplar en algunos. Seguro que en menos de nada encontrarás a los Cabales o los Pillos Boys cubriéndole las espaldas a Lemmy en un “Ace of spades” de lo más belloto. En la variedad está el gusto dicen, pero con lo que nos chocamos aquí es con la más pura y simple incoherencia. Al final, pues lo de siempre, la música pasa a un segundo o tercer plano siendo lo verdaderamente importante el sarao que se monta alrededor del escenario ante un público decibélicamente saturado y “calimochicamente” exhausto.
Y como no, la crisis también ha llegado a Extremadura. La prensa regional se hacía eco del miedo que tenían los organizadores a que la crisis les restara público (y beneficios). Se apostaba por no reducir las ayudas para poder poner una taquilla asequible en estos tiempos tan negros. Permítanme una reflexión tomando como ejemplo el Festival Internacional de Música Negra. Este festival contó el año pasado con un presupuesto de 150.000 euros, una cantidad más que aceptable pero que no sirvió en ningún momento para que el Festival triunfase en lo musical ni contase con el respaldo del público, quedando desproporcionado el dinero invertido con los resultados finales en todos los aspectos. A lo mejor el tema no está en la pasta, si no en rentabilizar al máximo los recursos, equilibrar miras y no soltar los billetes a loco como si salieran del caldero de un Leprecheaun.
La música encuentra su fin en la representación en directo y su capacidad para activar los sentidos del personal en una u otra dirección, crear una comunión entre sonido y sentimientos. No lo convirtamos en una mera romería del sin sentido y el absurdo.