
encuentro
Alonso 8-02-2010
Me fugué sólo tres veces las clases de “perfeccionamiento” con mi maestro de canto don Pedro Lavirgen: cinco años seguidos, dos veces por semana -¡ni yo mismo me lo creo!-. Ahora voy de visita, y no es que esté muy perfeccionado, pero al maestro, como al padre, hay que matarlo –Freud, dixit- en el sentido figurado, claro.
La primera fue por ir al cine -¡versión original!-, la segunda porque no me dio la real gana, y una vez en Madrid, Villa y Corte –y como escribió Foxá, “checa”, o sea, cárcel-, decidí callejear por donde solía hacerlo mi bisabuelo: Museo del Prado, Banco de España, Gran Vía, Carrera de San Jerónimo… él era un “paseante en Cortes”, yo un cateto a estribor. El último de los novillos fue por una manifestación en reconocimiento a las Brigadas Internacionales a la que quise asistir gustoso y emocionado –todavía no se había estrenado “Extranjeros de sí mismos”, un reportaje que habla de las personas que vinieron, por los dos putos bandos, a morir aquí-.
Deambulaba por la Plaza del Sol viendo al personal que iba llegando y me fijé en un anciano de piel muy blanca, andares achacosos, boina y cazadora de piloto, en ella la insignia de los brigadistas, una estrella de tres puntas, perdón por las comparaciones, algo parecida al logotipo de la marca de coches “Mercedes”. Me acerqué y le tendí el brazo. Le dije que mis dos abuelos habían muerto hacía mucho tiempo, que uno fue falangista -¡Dios, los de la “Revolución Pendiente”!- y el otro anarquista –de la “Crida” catalana, ¡hostias!-, y que yo había ido allí en reconocimiento a la gente que vino a mi país a luchar por sus ideales. Sonrió malévolo y me dijo que nos fuésemos, que sólo había viejos y jóvenes airados e ilusos.
<<En esta calle hay un café…>>. <<No, hay un restaurante en donde los camareros cantan ópera y zarzuela>>, le dije. <<¡Pues vaya mierda!>>, me contestó. A pesar de todo entramos. Nos sentamos y se confesó: sabiendo lo que sabía ahora jamás empuñaría un arma, pero claro, nadie aprende por cabeza ajena y sólo se es joven una vez. Trago de güisqui y mirada a través de los cristales –no voy a decir que llovía-. <<¿Usted a qué se dedica, joven?>>, me preguntó. <<Canto>>, le dije señalando el restaurante en el que estábamos. <<¿¡Aquí!?>>. <<No, por los pueblos>>. <<¡Ah, no me jodas, chico!>>. Y me guiñó uno de sus ojos azules. Nos despedimos sin manifestarnos, él volvía a Nueva York, yo a Cáceres.